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26/05/2017 - 16:05 (Oficial: 16.320)

March 31 2015

El super dólar suma tensiones a las economías del mundo

Hace casi un año que el dólar no para de aumentar, y si afloja su marcha unos días es apenas para tomar respiro. Entre mayo del año pasado y el 17 de marzo la divisa norte americano se apreció 25% frente a una canasta de monedas principales; contando sólo este año, la suba llega a casi 11%.

Las causas de la suba son simples, pero los efectos sobre las economías del mundo –incluida la del propio EE.UU.– y sobre las empresas podrían ser más impredecibles, dado el rol central del dólar en el sistema financiero mundial.

En gran medida, el dólar sube por fundamentos clásicas: se vuelve más atractivo que otras monedas dado que está ligado a una economía norte americano que hoy crece relativamente más que la de la mayoría de los países desarrollados. El FMI prevé para este año un 3% de alza del PBI, mientras Europa y Japón continúan estancados y los emergentes, China incluida, se enfrían.

A eso se suma la divergencia abierta entre el ciclo monetario de EE.UU. y de los otros bloques. La Fed está calculando cuándo aumentar las tasas de interés por primera vez en años. Y puso fin a las compras de bonos, o quantitative easing (QE), que a lo largo de un largo período implicaron la impresión de una gran cantidad de dólares. Al mismo tiempo, el Banco Central Europeo inició una nueva campaña de QE (1 billón de euros a septiembre de 2016) y mantiene extraordinariamente bajas las tasas de interés, que en algunos casos ya han entrado en territorio negativo.

Japón además viene ampliando su plan de relajación monetaria y tasas bajas para estimular el crecimiento y pelear la deflación.

Ese cuadro contribuye al robustecimiento del dólar como refugio en los oleajes internacionales. Y como dijo Hyung Song Shin, del BIS, el dólar está tan imbricado en la infraestructura de la economía mundial que su robustecimiento implica, de hecho, un endurecimiento de las condiciones financieras globales.

Una moneda fuerte corresponde a un país fuerte, en el imaginario general y además en el idioma patriótico que siempre han usado al respecto los titulares del Tesoro.

Pero, en la práctica, el super dólar tiene potenciales efectos dañinos sobre la economía norte americano. Aunque EE.UU. no es una economía básicamente exportadora, muchas de sus empresas actúan fronteras afuera (más del 40% de la facturación de las firmas del índice SP 500 se hace en otros países). Compañías como Caterpillar, Procter y Microsoft han declarado últimamente caídas de facturación: traducidos a dólar, sus ingresos en monedas depreciadas, desde el real al rand, ahora son menores.

Para los consumidores de EE.UU. el dólar fuerte puede ser una celebración, dado que abarata los productos importados de su canasta. Además, si uno es un norte americano que hace turismo en Europa, el euro le costará US$1,10, mucho más conveniente que los US$ 1,25 de diciembre.

Del otro lado del Atlántico, la perspectiva comercial se invierte. Con el euro acercándose a la paridad con el dólar por primera vez desde 2003, los exportadores del continente arrivan mejor con sus bienes a EE.UU. En marzo, la compañía de logística UPS dijo al Wall Street Journal que sus despachos a EE.UU. desde Europa subieron más del 10% frente al 2014.

Los que menos tienen para festejar son los mercados emergentes, que también del cambio de expectativa de los inversores son golpeados por el desplome del valor de las materias primas.

El real cayó este año 15% frente al dólar, y la lira turca 12%, las dos monedas con peor actuación. Hasta países que están más pujantes como México y la India sufren presión sobre sus divisas.

En los últimos cinco años de extraordinaria relajación monetaria de los grandes bancos centrales, los países emergentes tomaron más deuda denominada en dólares. Las empresas emitían sus bonos en esa moneda dado que las tasas eran menores que las locales; del otro lado, había suficientes inversores con verdes y apetito para títulos de mayor riesgo y rendimiento. La estrategia funcionó mientras sus monedas estuvieron fuertes, pero ahora cuesta más obtener dólares para pagar o para refinanciar.

Entre 2009 y 2014, la deuda denominada en dólares del mundo en desarrollo, en forma de crédito bancario y bonos, pasó de US$2 billones a 4,5 billones, según el BIS, banco de los bancos centrales.

Ahora, mucho dinero de los inversores mira de nuevo a la Fed. Caen las inversiones de cartera y además la inversión directa (en minería, petróleo, etc.), como resultado de los menores valores de los commodities y de las menores expectativas de crecimiento. Los flujos de capital, según el IIF (el International Institute of Finance) cayeron de US$ 300.000 millones en 2012, su pico, a 270.000 millones en 2014. Se prevé una nueva caída, a US$246.000 millones, este año, antes a algún repunte en 2016.

A lo largo de la bonanza de la última década los contagios financieros procedentes de otros países emergentes brillaron por su ausencia, si se los compara con la crisis del Tequila, la de Asia de 1997 y la rusa de 1998. Sólo en 2008 la crisis global golpeó temporariamente a América Latina, destacó esta semana un informe de la Brookings Institution sobre perspectivas de la región. Según el think tank de Washington, con la desmejora de las condiciones económicas en varios países sistémicamente importantes como Brasil, Indonesia o Rusia, “el riesgo de contagio reaparece como amenaza subyacente”.

De todas formas, el aumento de las reservas internacionales en varios países es un dato que logra marcar diferencias frente al pasado, señalan ése y otros análisis.

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